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Mensajes : Quién está escribiendo el futuro
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¿Quién está escribiendo el futuro?
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Reflexiones sobre el siglo XX

El 20 de mayo de 1992, la Cámara de Diputados de Brasil se reunía en sesión especial para conmemorar el centenario de la muerte de Bahá'u'lláh, cuya influencia se perfila hoy día como un rasgo cada vez más familiar del panorama social e intelectual del mundo. Su mensaje de unidad había tocado una fibra sensible de los legisladores brasileños. En el curso de la sesión, oradores representativos de la totalidad de los partidos de la Cámara rindieron homenaje a un conjunto de escrituras que uno de los diputados describió como "la obra religiosa más colosal jamás escrita por la pluma de un solo Hombre", y a una concepción del futuro de nuestro planeta que "traspasando fronteras materiales", en palabras de otro diputado, "se abría a la humanidad entera, prescindiendo de diferencias triviales de nacionalidad, raza, límites o credo".1

El homenaje resultaba tanto más asombroso por cuanto, en su tierra natal, la obra de Bahá'u'lláh sigue siendo objeto de agrias condenas por parte de los clérigos musulmanes que gobiernan Irán. Sus predecesores habían sido responsables del destierro y encarcelamiento de Bahá’u’lláh a mediados del siglo XIX, e igualmente de la masacre de miles de personas que compartieron sus ideales en pro de la transformación de la sociedad y de la vida humana. Incluso mientras se desarrollaba la sesión de Brasilia, la negativa a rechazar creencias que han merecido elogios de la mayor parte del mundo se cobraba en los trescientos mil bahá'ís que viven en Irán su tributo de persecuciones, privaciones y, en demasiados casos, encarcelamientos y muertes.

Una oposición semejante caracterizó las actitudes de varios regímenes totalitarios del pasado siglo.

Cabe preguntarse, pues, ¿cuál es la esencia del conjunto de pensamientos que ha suscitado reacciones tan marcadamente divergentes?

I

El mensaje principal que ofrece Bahá'u'lláh expone la naturaleza fundamentalmente espiritual de la realidad así como de las leyes que gobiernan su operación. No sólo ve a la persona como ser espiritual o "alma racional", sino que también insiste en que la empresa entera que denominamos “civilización” es en sí misma un proceso espiritual, proceso en el que la conciencia y corazón del hombre han creado medios cada vez más complejos y eficaces de expresar sus inherentes capacidades morales e intelectuales.

Al rechazar los dogmas reinantes del materialismo, Bahá'u'lláh propugna una interpretación opuesta de los procesos históricos. La humanidad, punta de lanza de la conciencia evolutiva, atraviesa etapas análogas a los períodos de infancia, niñez y adolescencia, propios de la vida individual. La travesía nos ha traído hasta el umbral de la tan esperada mayoría de edad de una raza humana unificada. Las guerras, la explotación y los prejuicios que han jalonado las etapas inmaduras del proceso no deberían ser causa de desesperación, sino un estímulo para asumir las responsabilidades de la madurez colectiva.

Dirigiéndose a los dirigentes políticos y religiosos de su propio tiempo, Bahá'u'lláh manifestó que estaban despertándose en los pueblos de la tierra nuevas capacidades cuyo poder incalculable desbordaba la imaginación de su tiempo, capacidades que pronto habrían de transformar la vida material del planeta. Era esencial –decía– convertir tales avances materiales en cauces para el desarrollo moral y social. Si los conflictos nacionalistas y sectarios impedían que esto ocurriese, entonces el progreso material produciría, además de beneficios, también males inimaginables. Algunos de los avisos de Bahá'u'lláh despiertan ecos sombríos en la actualidad: "Cosas extrañas y asombrosas existen en la tierra”, prevenía, "estas cosas son capaces de cambiar la totalidad de la atmósfera de la tierra y su contaminación podría resultar letal”.2

II

La principal tarea espiritual de todas las personas, –afirma Bahá'u'lláh– cualquiera que sea su nación, religión u origen étnico, consiste en sentar los cimientos de una sociedad global que refleje la unidad de la naturaleza humana. La unificación de los habitantes de la tierra no es ni una visión utópica, ni tampoco cuestión de mera elección. Constituye la etapa siguiente e inevitable del proceso de evolución social, una etapa hacia la cual nos empuja toda la experiencia del pasado y del presente. Hasta que esta tarea no sea afrontada y alcance el debido reconocimiento, ninguno de los males que afligen a nuestro planeta encontrará solución, puesto que todos los problemas esenciales de esta época en la que hemos entrado son globales y universales, no particulares o regionales.

Los numerosos pasajes donde Bahá'u'lláh aborda la llegada de la humanidad a su madurez están empapados de referencias a la luz, usada como metáfora descriptiva del poder transformador de la unidad: "Tan poderosa es la luz de la unidad", afirma, "que puede iluminar la tierra entera".3 Tal aseveración sitúa la historia contemporánea en una perspectiva netamente distinta de la que predomina en este final del siglo veinte. Nos insta a que identifiquemos –dentro del sufrimiento y descalabro que atestiguamos en la actualidad– la operación de fuerzas que están emancipando la conciencia humana en preparación de una etapa nueva de su evolución. Nos emplaza a reexaminar cuanto ha sucedido en los últimos cien años y el efecto que estos cambios han tenido sobre el conjunto heterogéneo de pueblos, razas, naciones y comunidades que los han experimentado.

Si, como Bahá'u'lláh afirma, "el bienestar de la humanidad, su paz y seguridad serán inalcanzables hasta que su unidad esté firmemente establecida"4, es comprensible por qué los bahá'ís tienen al siglo XX, a pesar de todos sus desastres, por "el siglo de la luz".5 Pues estos cien años han presenciado una transformación tanto del modo en que los habitantes de la tierra han comenzado a planear su futuro colectivo, como de la manera en que se miran unos a otros. Ambos cambios se caracterizan por el proceso de unificación. Conmociones más allá del control de las instituciones de la época forzaron a los dirigentes mundiales a iniciar la puesta en marcha de nuevos sistemas de organización global que hubieran sido impensables a comienzos de siglo. Al mismo tiempo tenía lugar una rápida erosión de hábitos y actitudes que han dividido a los pueblos durante un sinfín de siglos de conflictos y que tenían visos de perdurar durante las épocas venideras.

A mediados de este siglo, ambos acontecimientos dieron lugar a un hito cuyo significado histórico sólo las generaciones futuras podrán apreciar debidamente. Tras las secuelas estremecedoras de la Segunda Guerra Mundial, numerosos dirigentes con gran visión de futuro hallaron que por fin era posible, mediante la organización de Naciones Unidas, comenzar a consolidar los cimientos del orden mundial. Hacía tiempo soñado por los pensadores progresistas, el nuevo sistema de convenciones internacionales y organismos vinculados disponía ahora de los poderes esenciales que le habían sido trágicamente negados a la difunta Sociedad de Naciones. Conforme avanzaba el siglo y de forma paulatina, fue curtiéndose la musculatura inicial del sistema de mantenimiento de la paz internacional, hasta demostrar de forma persuasiva lo que puede lograrse. Se producía entonces en el mundo una expansión constante de las instituciones democráticas de gobierno. Aunque los efectos prácticos resulten todavía decepcionantes, ello en modo alguno desdice del cambio histórico e irreversible de orientación que se ha verificado en la organización de los asuntos humanos.

Y tal como sucediera con el orden mundial, otro tanto cabe decir de los derechos de los pueblos del mundo. La divulgación de las penalidades espantosas que afligieron a las víctimas de la perversidad humana durante la guerra dio lugar a una consternación mundial, que sólo puede calificarse de hondo sentimiento de vergüenza. De este trauma surgió una nueva categoría de compromiso moral, institucionalizada formalmente mediante las labores de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas y los organismos relacionados, hecho que hubiera sido inconcebible para los gobernantes decimonónicos a quienes Bahá'u'lláh se había dirigido sobre este particular. Reforzado con esta legitimidad, todo un conjunto creciente de organizaciones no gubernamentales se ha propuesto garantizar que la Declaración Universal de Derechos Humanos afiance los criterios normativos internacionales y sea implantada de modo acorde.

También tuvo lugar un proceso paralelo en la vida económica. Durante la primera mitad del siglo, como consecuencia de los estragos causados por la gran depresión, muchos gobiernos adoptaron medidas legislativas para la creación de programas de bienestar social y sistemas de control financiero, fondos de reserva y regulaciones de comercio destinados a proteger a la sociedad de la recurrencia de tal devastación. El período que siguió a la Segunda Guerra Mundial trajo consigo el establecimiento de instituciones cuyo campo de operaciones es global: el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Acuerdo General sobre Comercio y Tarifas, y una red de organismos de desarrollo dedicados a racionalizar y promover la prosperidad material del planeta. Al cumplirse el siglo, sean cuales sean las intenciones y por más que la presente gama de instrumental sea burda, las masas de la humanidad han podido comprobar que el uso de la riqueza del planeta admite reorganizarse en lo fundamental en respuesta a concepciones enteramente novedosas de lo que son las necesidades.

El efecto de estos cambios se vio enormemente potenciado por la educación imparable de las masas. Aparte de la disposición de los gobiernos nacionales y locales de asignar recursos muy superiores a este campo y la capacidad de la sociedad de movilizar y formar a ejércitos de maestros profesionalmente cualificados, dos avances del siglo veinte destacan por su particular influencia a nivel internacional. El primero fue la serie de planes de desarrollo centrados en las necesidades educativas, los cuales contaron con la financiación masiva de entidades como el Banco Mundial, organismos gubernamentales, grandes fundaciones y varias ramas del sistema de Naciones Unidas. El segundo fue la explosión de la tecnología de la información, que ha convertido a todos los habitantes de la tierra en beneficiarios potenciales del conjunto del saber del género humano.

Este proceso de reorganización estructural a escala planetaria ha contado con los ánimos y refuerzos que le facilitaba un profundo cambio de conciencia. De forma brusca poblaciones enteras se encontraron forzadas a asumir, a cara descubierta, los costes de inveterados hábitos mentales generadores de conflictos, debiendo hacer frente a una censura mundial que condenaba lo que antes se reputaba de prácticas y actitudes aceptables. El resultado fue el de estimular un cambio revolucionario en la forma como las personas se veían unas a otras.

Por ejemplo, a lo largo de la historia la experiencia venía a demostrar –y la doctrina religiosa así lo parecía confirmar– que las mujeres eran esencialmente y por naturaleza inferiores a los hombres. De la noche a la mañana –visto desde una perspectiva histórica–, esta percepción dominante se estaba batiendo en retirada en todas partes. Por muy largo y penoso que sea el proceso de dar pleno sentido a la afirmación de Bahá'u'lláh de que el hombre y la mujer son en todos los sentidos iguales, lo cierto es que el apoyo intelectual y moral del punto de vista opuesto se desintegra.

Otra fijación en la autoconciencia de la humanidad a lo largo de los pasados milenios fue la celebración de las distinciones étnicas, las cuales cristalizaron en los siglos recientes en varias fantasías racistas. Con una celeridad pasmosa, si se atiende a la perspectiva histórica, el siglo veinte ha visto cómo la unidad de la raza humana se establecía como principio rector del orden internacional. Hoy día, los conflictos étnicos que continúan asolando numerosas partes del mundo ya no se ven como rasgos naturales de las relaciones entre pueblos diversos, sino como aberraciones arbitrarias que deben ser sometidas a un control internacional efectivo.

Durante la prolongada infancia de la humanidad, también se aceptaba sin discusión, con la plena concurrencia de la religión organizada, que la pobreza constituía un rasgo permanente e inevitable del orden social. Sin embargo, ahora, tal mentalidad, cuya aceptación ha perfilado las prioridades de todos los sistemas económicos que el mundo haya conocido, es objeto del rechazo universal. Al menos en teoría, en todas partes se reconoce a los Gobiernos como garantes esencialmente responsables de asegurar el bienestar de todos los miembros de la sociedad.

Especialmente significativa –debido a su íntima relación con las raíces de la motivación humana– fue la merma del poder ejercido por los prejuicios religiosos. Prefigurado ya en el "Parlamento de las Religiones", que tanto interés suscitó a finales del siglo diecinueve, el proceso de diálogo y colaboración interreligiosos reforzó los efectos del secularismo al socavar los muros otrora inconquistables de la autoridad clerical. A la vista de la transformación que han experimentado las concepciones religiosas de antaño, incluso el brote actual de reacción fundamentalista admite ser visto, retrospectivamente, como poco más que las acciones de una retaguardia desesperada frente a la disolución inevitable del control sectario. En palabras de Bahá'u'lláh, "no hay ninguna duda de que los pueblos del mundo, cualquiera que sea su raza o religión, derivan su inspiración de una sola Fuente celestial, y son los súbditos de un solo Dios".6

Durante estos críticos decenios también la conciencia humana ha experimentado cambios fundamentales en su modo de comprender el universo físico. La primera mitad del siglo vio cómo las nuevas teorías de la relatividad y de la mecánica cuántica –ambas íntimamente relacionadas con la naturaleza y operación de la luz– revolucionaban el campo de la física y alteraban el curso entero del desarrollo científico. Se hizo evidente que la física clásica sólo podía explicar los fenómenos dentro de un marco limitado. De repente, se abría una nueva puerta al estudio tanto de los corpúsculos más diminutos del universo como de sus grandes sistemas cosmológicos, un cambio cuyos efectos trascendieran los dominios de la física para sacudir los cimientos mismos de la cosmovisión que había dominado el pensamiento científico durante siglos. Era el definitivo adiós a las imágenes de un mundo mecánico accionado como un reloj, y a la supuesta separación entre el observador y lo observado, entre mente y materia. Con el telón de fondo que ofrecen los fecundos estudios así concebidos, la ciencia teórica ahora comienza a explorar la posibilidad de que la inteligencia y la voluntad sean inherentes a la naturaleza y operación del universo.

A raíz de estos cambios conceptuales, la humanidad ha ingresado en una era en que la interacción entre las ciencias físicas –la física, la química y la biología, acompañadas de la incipiente ecología– ha abierto posibilidades asombrosas para el realce de la vida. Diáfanos e impresionantes son los beneficios cosechados en áreas de tan vital interés como la agricultura y la medicina, o los que se derivan del aprovechamiento de las nuevas fuentes de energía. Al mismo tiempo, el nuevo campo que abre la ciencia de los materiales comienza a proporcionar una plétora de recursos especializados desconocidos a principios de siglo: plásticos, fibras ópticas, fibras de carbono.

Los avances de la ciencia y tecnología tuvieron efectos recíprocos. Los granos de arena –el elemento material más humilde y de apariencia más insignificante–, metamorfoseado en láminas de sílice y en cristal óptico depurado, han posibilitado la creación de redes de comunicación mundial. Ello, junto con el desarrollo de sistemas de satélites cada vez más sofisticados, ha comenzado a facilitar el acceso de las personas de todo el mundo sin distinción al conocimiento acumulado por la raza humana entera. Es evidente que los decenios que tenemos por delante asistirán a la integración de las tecnologías de la informática, teléfono y televisión en un solo sistema unificado de comunicación e información, cuyos dispositivos estarán disponibles a gran escala y bajo precio. Resulta difícil exagerar el impacto psicológico y social que tendrá el reemplazo previsto de la caterva de sistemas monetarios existentes –para muchos el último bastión del orgullo nacional- por una sola divisa mundial, la cual funcionará en su mayor parte mediante impulsos electrónicos.

Ciertamente, el efecto unificador de la revolución del siglo veinte en ninguna parte resulta tan palmario como en las repercusiones de los cambios que han tenido lugar en la vida científica y tecnológica. Al nivel más elemental, la raza humana está dotada ahora de los medios requeridos para realizar las metas visionarias evocadas por una conciencia en constante maduración. Visto con mayor hondura, esta potenciación está ahora virtualmente al alcance de todos los habitantes de la tierra, sin distinción de raza, cultura o nación. "Una nueva vida", vio proféticamente Bahá'u'lláh, "se agita, en esta época, dentro de todos los pueblos de la tierra; y, no obstante, nadie ha descubierto su causa o percibido su motivo".7 Hoy día, un siglo después de que estas palabras fueran escritas, las repercusiones de lo que ha acontecido desde entonces empiezan a ser evidentes para todas las conciencias reflexivas.

III

Apreciar la transformación llevada a cabo durante el periodo histórico que ahora concluye no significa negar la oscuridad acompañante que marca, con agudo contraste, semejantes logros: el exterminio deliberado de millones de seres humanos desamparados, la invención y uso de nuevas armas de destrucción capaces de aniquilar poblaciones enteras, el surgimiento de ideologías que sofocaron la vida espiritual e intelectual de naciones enteras, el daño causado al entorno físico del planeta a una escala masiva que acaso requiera siglos restañar, y el mal incalculablemente mayor causado a generaciones de niños a los que se ha llevado a creer que la violencia, la indecencia y el egoísmo son triunfos de la libertad personal. Éstas son tan sólo las lacras más obvias de un catálogo de males, sin parangón en la historia, y cuyas lecciones legará nuestra era para educación de las escarmentadas generaciones que nos sigan.

Sin embargo, la oscuridad no es un fenómeno dotado de existencia propia, y mucho menos de autonomía; no extingue la luz ni la aminora, sino que subraya esas zonas donde la luz no alcanza a iluminar debidamente. Así será juzgada sin duda la civilización del siglo veinte por los historiadores de una época más madura y desapasionada. La ferocidad de la naturaleza animal, que campeó desbocada durante esos años críticos y que, a veces, pareció amenazar la supervivencia misma de la sociedad, no consiguió impedir el desarrollo constante de las potencialidades creativas que poseía y posee la conciencia humana. Al contrario. Conforme el siglo avanzaba, era cada vez mayor el número de personas que cobraba conciencia de cuán huecas eran las lealtades y cuán sin fundamento los temores que las atenazaban pocos años atrás.

"Incomparable es este Día", insiste Bahá'u'lláh, "pues es como el ojo para las épocas y siglos pasados, y como una luz para la oscuridad de los tiempos".8 Desde esta perspectiva, la cuestión no es la de la oscuridad que frenó y oscureció el progreso logrado en los cien años extraordinarios que ahora terminan, sino, antes bien, la de cuánto sufrimiento y ruina habrá todavía de experimentar nuestra raza hasta que aceptemos de corazón la naturaleza espiritual que hace de nosotros un solo pueblo, y cobremos fuerzas para planear nuestro futuro a la luz de las lecciones aprendidas con tanto dolor.

IV

La idea de la futura civilización que se perfila en los escritos de Bahá'u'lláh cuestiona buena parte de lo que hoy se impone en nuestro mundo como normativo e inalterable. Los grandes avances realizados durante el siglo de la luz han abierto la puerta a una nueva clase de mundo. Si la evolución social e intelectual se da en respuesta efectiva a una inteligencia moral inherente a la existencia, gran parte de la teoría que orienta los enfoques contemporáneos sobre la toma de decisiones se encuentra fatalmente viciada. Si la conciencia humana posee una naturaleza esencialmente espiritual –según ha sido siempre la intuición de la gran mayoría de las personas comunes–, sus necesidades de desarrollo no pueden entenderse ni servirse mediante una interpretación de la realidad que insiste dogmáticamente en sentido opuesto.

Ningún aspecto de la civilización contemporánea queda más frontalmente cuestionado, por la concepción de futuro que expresa Bahá’u’lláh que el culto reinante al individualismo, hoy extendido a la mayor parte del mundo. Sustentada culturalmente a la par por las ideologías políticas, por el elitismo académico y por la sociedad de consumo, la “búsqueda de la felicidad” ha originado un sentido agresivo y casi ilimitado de derecho personal. Las consecuencias morales han sido corrosivas por igual para el individuo y para la sociedad, y arrolladoras si se mide en enfermedades, drogadicción y otros azotes demasiado presentes al final de siglo. La tarea de liberar a la humanidad de un error tan fundamental y extendido requerirá que se ponga en cuestión algunos de los supuestos más arraigados que sobre el bien y el mal acogió el siglo veinte.

¿Cuáles son algunos de estos supuestos no examinados? El más obvio es la convicción de que la unidad es un ideal distante, casi inalcanzable, que habrá de afrontarse sólo después de que se hayan resuelto, no se sabe bien cómo, una miríada de conflictos políticos, necesidades materiales e injusticias. Empero, el caso –afirma Bahá'u'lláh– es el inverso. La enfermedad primaria que aflige a la sociedad y que genera los males que la mutilan –asegura– es la desunión de una raza humana que se distingue por su capacidad de colaboración y cuyo progreso, hasta la fecha, ha dependido de la medida en que en diferentes etapas y diversas sociedades se ha plasmado una acción unificada. Aferrarse a la noción de que el conflicto constituye un rasgo intrínseco de la naturaleza humana, en vez de un complejo de hábitos y actitudes adquiridos, equivale a imponer al nuevo siglo un error que, más que ningún otro factor aislado, ha condicionado trágicamente el pasado de la humanidad. "Considerad el mundo", aconsejaba Bahá'u'lláh a los dirigentes electivos, "como al cuerpo humano que, aunque al ser creado es completo y perfecto, por varias causas ha sido afligido por graves desórdenes y enfermedades".9

Íntimamente relacionado con la cuestión de la unidad está un segundo reto moral que el siglo que ahora se agota ha planteado con una urgencia cada vez mayor. A los ojos de Dios, reitera Bahá'u'lláh, la justicia es la "más amada de todas las cosas".10 Faculta a la persona para que vea la realidad a través de sus propios ojos, en vez de por los de su vecino, y dota a la toma colectiva de decisiones de la única clase de autoridad que puede garantizar la unidad de pensamiento y acción. Por muy gratificante que sea el sistema de orden internacional que surgió de las experiencias desgarradoras del siglo veinte, la perduración de su influencia dependerá de que se acepte el principio moral implícito en él. Si el conjunto de la humanidad es uno e indivisible, entonces la autoridad que ejercen las instituciones de gobierno representa en esencia un fideicomiso. Cada persona individual llega al mundo bajo la responsabilidad del conjunto, y es este rasgo de la existencia humana lo que constituye el cimiento real de los derechos sociales, económicos y culturales que la Carta de Naciones Unidas y los documentos relacionados articulan. La justicia y la unidad ejercen un efecto recíproco. "El propósito de la justicia", escribió Bahá'u'lláh, "es el de la aparición de la unidad entre los hombres. El océano de la sabiduría divina se eleva dentro de esta exaltada palabra, en tanto que los libros del mundo no pueden contener su significado interior".11

Conforme la sociedad se compromete –por más que de forma vacilante y temerosa– con estos y otros principios morales relacionados, el papel más significativo que se ofrece al individuo es el del servicio. Una de las paradojas de la vida humana consiste en que el desarrollo de la personalidad tiene lugar primariamente a través del compromiso en empresas más amplias en las que el yo –aunque sea temporalmente– se olvida. En una época que ofrece a las gentes de toda condición la oportunidad de participar efectivamente en la configuración del propio orden social, el ideal del servicio a los demás asume un significado enteramente nuevo. Exaltar metas tales como las ganancias y la reafirmación del yo como el propósito de la vida es promover principalmente el lado animal de la naturaleza humana. Y tampoco pueden los mensajes simplistas de salvación personal dar respuesta a los anhelos de generaciones que han podido comprobar, con honda certidumbre, que la verdadera realización compete tanto a este mundo como al venidero. "Preocupaos fervientemente por las necesidades de la época en que vivís", aconsejaba Bahá'u'lláh, "y centrad vuestras deliberaciones en sus exigencias y requisitos".12

Tal perspectiva conlleva profundas repercusiones para la conducción de los asuntos humanos. Es obvio, por ejemplo, que, cualesquiera que sean las aportaciones del pasado, cuanto más perdure el estado-nación como influencia dominante en la determinación de la suerte de la humanidad, tanto más se relegará la consecución de la paz mundial, y tanto mayor será el sufrimiento infligido sobre la población de la tierra. En la vida económica de la humanidad, no importa cuán grande sea la bonanza producida por la globalización, es evidente que este proceso también acarrea concentraciones sin parangón de poder autocrático que habrán de someterse al control democrático internacional, si no se quiere que generen pobreza y desesperación para millones de seres humanos. De igual modo, los cambios históricos en la tecnología de la información y comunicación, que comportan medios tan potentes para el avance y promoción del desarrollo social y del refuerzo de la conciencia global en común, pueden, con igual fuerza, desviar y embrutecer impulsos que son vitales para el servicio de este mismo proceso.

V

Lo que Bahá'u'lláh plantea es una nueva relación entre Dios y la humanidad que esté en armonía con la madurez incipiente de la raza. La Realidad última que ha creado y sostiene el universo permanecerá para siempre más allá del alcance de la mente humana. La relación consciente de la humanidad con ella, en la medida en que se ha establecido, ha sido resultado de la influencia de los Fundadores de las grandes religiones: Moisés, Zoroastro, Buda, Jesús, Muhammad y figuras anteriores cuyos nombres, en su mayor parte, han caído en olvido. Al responder a estos impulsos de lo divino, los pueblos de la tierra han desarrollado progresivamente capacidades espirituales, intelectuales y morales empeñadas en civilizar el carácter de la persona. Este proceso acumulativo y milenario ha llegado ahora a una de esas etapas características de las encrucijadas decisivas del proceso evolutivo, en las que surgen de repente posibilidades nunca antes alcanzadas: "Éste es el Día", afirma Bahá'u'lláh, en que los favores más excelentes de Dios se han derramado sobre los hombres, el día en que Su poderosísima gracia ha sido infundida en todas las cosas creadas".13

Vista a través de los ojos de Bahá'u'lláh, la historia de las tribus, pueblos y naciones ha llegado efectivamente a su conclusión. Lo que presenciamos ahora es el comienzo de la historia de la humanidad, la historia de una raza humana consciente de su propia unicidad. Para esta hora decisiva en el curso de la civilización, sus escritos aportan una definición de la naturaleza y proceso de la civilización, así como un orden de prioridades. Su objetivo es el de invitarnos a retornar a una conciencia y responsabilidad espirituales.

No hay nada en los escritos de Bahá'u'lláh que abone la ilusión de que los cambios previstos serán efectuados llanamente. Antes al contrario. Tal como los acontecimientos del siglo veinte han demostrado ya, las pautas de hábitos y actitudes arraigadas durante milenios no se abandonan de forma espontánea, ni en respuesta simplemente a la educación o actuación legislativa. Antes bien, en la vida del individuo o de la sociedad, los cambios profundos normalmente ocurren en respuesta a los sufrimientos intensos y a dificultades insostenibles que no dejan otra salida. Precisamente es el sufrimiento de prueba tan grande, avisa Bahá'u'lláh, lo que se necesita para fundir a los diversos pueblos de la tierra en un solo pueblo.

La concepción espiritual y materialista de la naturaleza de la realidad son irreconciliables entre sí y desembocan en direcciones opuestas. Al abrirse el nuevo siglo, el curso marcado por la segunda de estas dos visiones opuestas ha llevado a una humanidad desamparada a rebasar el punto límite en el que podía alimentarse una ilusión de racionalidad, ya no se diga de bienestar humano. Con cada día que pasa, se multiplican las muestras de que por doquier grandes masas de personas están llegando a esta misma conclusión.

A pesar de la opinión muy extendida en sentido contrario, la raza humana no es una tabla rasa sobre la que árbitros privilegiados de los asuntos humanos puedan inscribir libremente sus propios deseos. Las fuentes del espíritu manan desde donde es su voluntad, según su voluntad. No van a seguir siendo indefinidamente sofocadas por los detritus de la sociedad contemporánea. Ya no hace falta visión profética para apreciar que los años iniciales del nuevo siglo presenciarán la liberación de energías y aspiraciones infinitamente más potentes que las rutinas, falsedades y adicciones que durante tanto tiempo han bloqueado su expresión.

Por muy grande que sea la agitación, el periodo al que se dirige la humanidad va a ofrecer a toda persona, a toda institución y a toda comunidad de la tierra oportunidades sin precedentes de participar en la configuración del futuro del planeta. “Pronto”, es la promesa segura de Bahá'u'lláh, “el orden actual será enrollado, y otro nuevo desplegado en su lugar”.14

1 Observaciones realizadas por el diputado Luis Gushiken y la diputada Rita Camata. “Sessao Solene da Câmara Federal em Homenagem ao Centenário da Ascensão de Bahá’u’lláh”, Brasilia, 28 de mayo de 1992.

2 Bahá'u'lláh, Tablets of Bahá'u'lláh Revealed after the Kitáb-i-Aqdas (Wilmette: Bahá'í Publishing Trust, 1997), p. 69.

3 Bahá'u'lláh, Epistle to the Son of the Wolf (Wilmette: Bahá'í Publishing Trust, 1988), p. 14.

4 Bahá'u'lláh, Gleanings from the Writings of Bahá'u'lláh, sección CXXXI.

5 'Abdu'l-Bahá, The Promulgation of Universal Peace: Talks Delivered by `Abdu'l-Bahá during His Visit to the United States and Canada in 1912 rev. ed. (Wilmette: Bahá'í Publishing Trust, 1982), pp. 74, 126.

6 Bahá'u'lláh, Gleanings from the Writings of Bahá'u'lláh, sección CXI.

7 Bahá'u'lláh, Gleanings from the Writings of Bahá'u'lláh, sección XCVI.

8 Bahá'u'lláh, citado en Shoghi Effendi, The Advent of Divine Justice (Wilmette: Bahá'í Publishing Trust, 1990), p. 79.

9 Bahá'u'lláh, Gleanings from the Writings of Bahá'u'lláh, sección CXX.

10 Bahá'u'lláh, The Hidden Words, nº. 2 del árabe.

11 Bahá'u'lláh, Tablets of Bahá'u'lláh Revealed after the Kitáb-i-Aqdas (Wilmette: Bahá'í Publishing Trust, 1997), p. 67.

12 Bahá'u'lláh, Gleanings from the Writings of Bahá'u'lláh, sección CVI.

13 Bahá'u'lláh, Gleanings from the Writings of Bahá'u'lláh, sección IV.

14 Bahá'u'lláh, Gleanings from the Writings of Bahá'u'lláh, sección IV.

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