Con inmensa gratitud a Bahá’u’lláh hemos seguido el despliegue del Plan de Cinco Años durante los dos años transcurridos desde que dirigiéramos nuestro mensaje de 9 de enero de 2001 a la Conferencia de los Cuerpos Continentales de Consejeros. Resulta verdaderamente alentador observar cómo la cultura de aprendizaje se afianza por doquier al paso que la comunidad mundial bahá’í centra su atención en el avance del proceso de entrada en tropas. En esta coyuntura, cuando la experiencia colectiva de la comunidad ha dado un paso tan significativo hacia delante, creemos oportuno repasar con ustedes las percepciones hasta ahora adquiridas y aclarar los temas que han ido surgiendo.
Durante los meses primeros del Plan, las Asambleas Espirituales Nacionales procedieron con relativa facilidad a dividir en zonas los territorios de su jurisdicción, zonas denominadas agrupaciones y compuestas por localidades vecinas, empleando para ello criterios puramente geográficos y sociales sin relación alguna con la fuerza de las comunidades locales Bahá’ís.
Los informes recibidos en el Centro Mundial indican que en la actualidad son ya cerca de 17.000 las agrupaciones de todo el mundo, sin tener en cuenta los
países donde por una razón u otra el funcionamiento de la Fe está restringido.
El número de agrupaciones por país varía ampliamente, desde las 1.580 de la India hasta la singular de Singapur, que por necesidad se ve a sí misma como una sola agrupación. Varios de los agrupamientos coinciden con zonas apenas pobladas por unos pocos millares de habitantes, en tanto que las fronteras de otras engloban a varios millones de personas. En su mayor parte, los grandes centros urbanos bajo la jurisdicción de una sola Asamblea Espiritual Local conforman una sola agrupación, a su vez dividida en sectores a fin de facilitar la planificación y ejecución de los planes.
Una vez repartidos los países y territorios en zonas manejables, las comunidades nacionales procedieron rápidamente a categorizar las agrupaciones de acuerdo con las etapas de desarrollo de la Fe a las que se hacía referencia en nuestro mensaje de 9 de enero. El ejercicio permitió contar con un medio realista con el que observar las perspectivas de la comunidad, pero la tarea de refinar los criterios necesarios para valorar con acierto se está demostrando un desafío continuado para las instituciones. El hecho de asignar a una agrupación una u otra categoría no constituye una declaración de status. Antes bien, supone un modo de evaluar su capacidad de crecimiento, que ha de permitir la adopción de un enfoque compatible con su progresivo desarrollo.
Naturalmente, los criterios rígidos son contraproducentes, pero no por ello
deja de ser esencial disponer de un esquema bien definido de evaluación. Dos criterios parecen especialmente importantes: el vigor de los recursos humanos propiciados por el instituto de formación para la expansión y consolidación de la Fe en la agrupación, y la capacidad de las instituciones de movilizar estos recursos en el campo del servicio.
En casi todos los países el centro de atención se ha trasladado al estímulo de la evolución de sus agrupaciones prioritarias, de modo que pasen de su actual fase de crecimiento a la siguiente. Lo que se ha vuelto meridianamente claro es que el progreso en este sentido depende en gran parte de la eficacia del proceso paralelo encaminado a permitir que un número siempre mayor de amigos recorran la secuencia principal de cursos ofrecidos por el instituto que sirve a la zona. El aumento de la actividad en todo el mundo atestigua el éxito de estos cursos para alentar el espíritu de empresa que se necesita para llevar a cabo las diversas actuaciones que, en cualquier etapa, exige el crecimiento de la agrupación.
Particularmente estimulante resulta observar en todo el mundo bahá’í el sentimiento creciente de iniciativa y de inventiva, combinado con el coraje y la audacia. La consagración, el celo, la confianza y la tenacidad son algunas de las cualidades que distinguen a los creyentes de todos los continentes. Así lo ejemplifican, sin ciertamente limitarse a sus personas, todos los que se han alzado como pioneros en el frente interno. Tal y como confiábamos, las metas para la apertura de las agrupaciones vírgenes se están cumpliendo al punto gracias a los entusiastas participantes de los programas de instituto quienes, pertrechados con el conocimiento y las destrezas adquiridas mediante los cursos de formación, han decidido establecer la Fe en una nueva zona dando lugar con ello a una comunidad incipiente.
En la mayoría de las agrupaciones, la evolución de una fase de crecimiento a la siguiente se define en términos de la multiplicación de círculos de estudio, reuniones devocionales y clases de niños, junto con la expansión que engendran. Las reuniones devocionales comienzan a florecer en la medida en que la conciencia de la dimensión espiritual de la existencia humana se eleva entre los creyentes de la zona en virtud de los cursos de instituto.
Asimismo, las clases de niños constituyen un brote natural de la formación
recibida en los comienzos mismos del estudio de la secuencia principal. En la medida en que ambas actividades se abren al grueso de la sociedad mediante una variedad bien concebida e imaginativa de medios, suelen atraer a un número cada
vez mayor de simpatizantes, quienes, la mayoría de las veces, se muestran deseosos de participar en las reuniones hogareñas y de sumarse a los círculos de estudio. A continuación, muchos declaran su fe en Bahá’u’lláh y, desde un principio, conciben que su papel en la comunidad es el de participantes activos en un proceso dinámico de crecimiento. Los esfuerzos individuales y colectivos en el campo de la enseñanza se acentúan de modo paralelo, lo que a su vez alimenta al proceso. Las comunidades establecidas se revitalizan, y las de nueva formación pronto adquieren el privilegio de elegir a sus propias Asambleas Espirituales Locales.
La coherencia que de este modo se logra con el establecimiento de círculos de estudio, reuniones devocionales y clases de niños proporciona el impulso inicial para el crecimiento de la agrupación, impulso que cobra fuerza según se multiplican estas actividades básicas. Las campañas que vayan destinadas a ayudar a un grupo considerable de creyentes a avanzar lo bastante en la secuencia principal de cursos como para realizar los actos necesarios de servicio añaden aún más vigor a esta multiplicación de actividades.
Así pues, es evidente que un enfoque sistemático de capacitación ha brindado a los bahá’ís una nueva manera de tener acceso a la sociedad circundante y de compartir el mensaje de Bahá’u’lláh con amigos, familiares, vecinos y compañeros de trabajo, y de presentarles la riqueza de Sus enseñanzas. Semejante extroversión constituye uno de los frutos más selectos de aprendizaje que presenciamos en las bases populares. La pauta de actividades que vemos establecerse en las agrupaciones del planeta constituye un medio probado de acelerar la expansión y consolidación. Pero esto no es más que el principio.
En muchas regiones del mundo, el atraer a gran número de creyentes a las filas de los seguidores de Bahá’u’lláh tradicionalmente no ha sido una tarea formidable. Resulta, por tanto, alentador comprobar que, en algunas agrupaciones más desarrolladas, al patrón de crecimiento ya existente se están sumando proyectos cuidadosamente diseñados para alcanzar a poblaciones receptivas y aumentar el ritmo de expansión hasta nuevas cotas. Tales proyectos aceleran el ritmo de la enseñanza, ya de por sí en aumento gracias a los esfuerzos de los creyentes particulares. Además, allá donde están llegando a tener declaraciones a gran escala, se realizan previsiones para garantizar que determinado porcentaje de los nuevos creyentes de inmediato ingresen en el programa del instituto, pues, tal como hemos recalcado en diversos mensajes, estos amigos serán invitados a servir a las necesidades de una población bahá’í en continuo aumento. Ellos se dedican a ayudar a que el conjunto de los bahá’ís obtengan su profundización mediante visitas regulares; enseñan a los niños, organizan reuniones devocionales y forman círculos de estudio, posibilitando así una expansión sostenida.
Todo ello abre oportunidades magníficas para las Asambleas Espirituales Locales. A ellas les toca el desafío, en colaboración con los miembros del Cuerpo Auxiliar, quienes les aconsejan y ayudan, de emplear las energías y talentos de los crecientes recursos humanos de sus zonas de jurisdicción respectivas, tanto para crear una vida comunitaria vibrante como para comenzar a influir en la sociedad de su entorno. En las localidades donde las Asambleas Espirituales no existen o no están todavía funcionando en el nivel necesario, un enfoque de pasos secuenciales aplicado al desarrollo de comunidades y Asambleas Espirituales Locales arroja perspectivas muy prometedoras.
Resulta especialmente gratificante observar el alto grado de participación de los creyentes en los diversos aspectos del proceso de crecimiento. En una agrupación tras otra, el número de personas que se hacen cargo de las responsabilidades de expansión y consolidación está aumentando de forma continuada. Las reuniones de consulta celebradas en el ámbito de la agrupación sirven para realzar la conciencia sobre las posibilidades y generar entusiasmo. En este contexto, libres de las demandas propias de la toma formal de decisiones, los participantes reflexionan sobre la experiencia adquirida, comparten sus puntos de vista, exploran enfoques y adquieren una mejor comprensión sobre el modo en que cada persona puede ayudar al logro del objetivo del plan. En muchos casos, tal interacción desemboca en un consenso sobre la adopción de metas a corto plazo, tanto individuales como colectivas.
El aprendizaje en acción se convierte en el rasgo destacado de la modalidad de trabajo que está surgiendo.
Que no haya dudas sobre el hecho de que lo que estamos presenciando es una aceleración cada vez mayor de ese proceso de la entrada en tropas de la humanidad en la Causa, previsto por Bahá'u'lláh en la Tabla dirigida al Rey de Persia, ansiosamente anticipado por el Maestro y descrito por el Guardián como el preludio necesario a la conversión en masa. En la vanguardia del proceso se sitúan las agrupaciones que, aunque son todavía relativamente escasas, están ya listas a lanzar programas intensivos de crecimiento. El nivel de expansión que ha de marcar la próxima fase de crecimiento en estas agrupaciones requiere una intensidad de esfuerzos aún mayor. Quiera Dios que la prodigiosa cantidad de energía consagrada a esta portentosa empresa se vea reforzada por el poder del Auxilio divino.
Tengan la seguridad de que rezaremos de todo corazón en los Santuarios Sagrados para que Bahá’u’lláh bendiga y confirme su empeño por hacer realidad, al máximo, las extraordinarias oportunidades de estos preciosos días.
La Casa Universal de Justicia